A final del mes de enero debería de haber viajado como Vicerrectora de la Universidad Pablo de Olavide a Arabia Saudí para asistir a una feria de postgrado en Riad. Era, sin duda, un viaje apetecible, por su singularidad y novedad y también por su interés académico. Pero no iré.
No iré a Arabia Saudí porque entre la información práctica sobre visados y envíos de material que nuestras autoridades ministeriales nos han remitido para poder organizar el viaje se incluía una condición para las mujeres que asistiéramos a la feria que a mí personalmente y al rectorado de mi universidad nos parece totalmente inaceptable aunque, para nuestra sorpresa, no parece que haya llamado la atención de los organizadores españoles del evento.
Como quien no quiere la cosa, disimulado entre la información sobre visas y hoteles como si se tratase de un mero asunto más de trámite, se establecía que las mujeres que asistiésemos al evento universitario teníamos que vestir la abaya, una túnica negra hasta los pies que se corona con un velo negro que cubre la cabeza. Un traje que las mujeres de Arabia Saudí llevan encima de sus vestidos con el evidente fin de mantenerse invisibles y que nosotros toleramos cuando visitan España en señal de respeto a la diversidad cultural y religiosa.
Lo respetamos, en buena medida, porque nuestra civilización es más respetuosa y porque creemos en la tolerancia y en la libertad. Pero no nos engañemos. También creo que en muchos casos se transige con algo que en realidad expresa una sumisión vergonzosa porque nos conviene cuando quienes los usan son las mujeres, hermanas o primas de los magnates y oligarcas (incluso a veces verdaderos sátrapas) con quienes hacemos negocio y ante los cuales palidece cualquier atisbo de principio moral.
Pero los principios morales que son de veras valiosos no se pueden vender por un buen negocio, por muchos millones que haya de por medio. Por ello, no solamente yo, sino la institución a la que iba a representar allí, hemos decidido no acudir a esa feria para la que teníamos todo preparado. Asumimos el perjuicio que eso nos supone y la discriminación que sufrimos, pero preferimos ser consecuentes con los valores que se nos ha encomendado transmitir día a día a miles de jóvenes.
Pero, en cualquier caso, mi indignación no tiene tanto que ver con el gobierno de Arabia Saudí, que me consta de hace tiempo que es una dictadura con ningún respeto por la dignidad de las mujeres, sino con nuestras autoridades que no han querido ver, o no se han enterado, que esa condición es vergonzosa, indigna y yo creo que contraria a nuestras leyes y principios constitucionales.
El Real Decreto que regula las enseñanzas universitarias en la actualidad, dice en su preámbulo que las universidades españolas y sus planes de estudio deberán velar entre otras cosas por (…) los principios de igualdad entre mujeres y hombres.
Me pregunto cómo piensan nuestros responsables ministeriales que se puede conjugar eso con la obligación de que las mujeres que tenemos responsabilidades académicas tengamos que vestir una túnica negra que limita nuestra libertad y atenta contra nuestra dignidad.
Solo se me ocurre una respuesta. La igualdad, para muchos, no es aún un imperativo ético sino una simple cuestión estética.

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