La reunión de los líderes mundiales ha demostrado una vez más que han estado dispuestos a evitar el derrumbe inyectando billones de dólares en las cuentas de los bancos pero no a eliminar las causas que la han provocado.
Nos quieren hacer creer que el gran problema es el de los desorbitados bonos que cobran los directivos cuando lo realmente importante y dañino ha sido el modo general de comportarse de la banca, las reglas inadecuadas, la falta de vigilancia, la libertad sin límites de los capitales o los objetivos mal fijados de los bancos centrales, nada de lo cual ha sido revisado ni siquiera suavemente.
De hecho, los paraísos fiscales no van a desaparecer, como tampoco lo harán los hedge funds, los productos derivados o la titulización, es decir, los instrumentos y procedimientos financieros que nos han llevado al desastre. Se seguirá por tanto alentando y consintiendo la especulación desproporcionada que crea burbujas y que ha desembocado en la crisis económica a la que banqueros y reguladores nos han llevado a todos y de la que aún estamos lejos de salir, sobre todo, en términos de destrucción y creación de empleo que, al fin y al cabo, es de lo que dependen las condiciones de vida de la mayor parte de las personas del mundo.
Tampoco se va a tocar el injusto sistema de normas comerciales ni el principio de plena libertad de los capitales que alimenta la especulación.
Las reglas de juego seguirán siendo comandadas por los países más poderosos. Del G8 se pasará el G20 y en el Fondo Monetario Internacional tendrán más peso algunos países emergentes, pero no se está dispuesto a que haya instituciones internacionales democráticas que empoderen a los países y a las personas más pobres, ni tampoco a que las cuestiones económicas se traten en la ONU o que la ONU se convierta en una institución verdaderamente democrática y con poder efectivo de actuación.
Los encuentros del G20 en Washington en noviembre de 2008, en Londres en abril de 2009 y el reciente de Pittsburg han demostrado que no hay ninguna intención de curar en profundidad al enfermo, de revisar y corregir las causas que han dado lugar a la catástrofe social y económica en la que nos encontramos y que puede incluso derivar en muchos países en graves perturbaciones políticas como ya ocurriese en los años treinta del siglo XX.
Se ha perdido la ocasión que brindaba la crisis para reformar reglas de juego injustas que lo que han permitido ha sido un aumento de la desigualdad entre países y en el interior de ellos en los últimos decenios. Lo único de lo que de verdad se han preocupado ha sido de sacar a flote un sistema financiero internacional podrido con el dinero de los contribuyentes. Es una salida en falso de la crisis que más pronto que tarde hará que volvamos inevitablemente a sufrir los mismos o peores problemas porque sus causas siguen en pie.
Como se decía en El Gatopardo, aquí se trata de hacer como que todo cambia para que nada cambie. Aunque para ello haya que recurrir constantemente a señuelos que confundan a los ciudadanos y los hagan mirar a otra parte. Una pandemia de gripe de la que cada vez más expertos dudan que no sea más que un negocio urdido para atemorizar a la gente, el programa nuclear iraní, cuya posibilidad no se sabe si materializada o no de tener una bomba nuclear se quiere hacer creer que es más peligrosa que las más de 20.000 bombas que tienen otros países, o, como he señalado, de los bonos de los directivos financieros que al fin y al cabo no es sino una parte ridícula de lo que de verdad ganan los banqueros.

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