Ayer vio la luz en Bangkok el informe sobre el Desarrollo Humano (2009) que anualmente elabora Naciones Unidas. Como todos los años, presenta un interesante estudio monográfico (en este caso sobre movilidad humana y migraciones) y una puesta al día del Índice de Desarrollo Humano (IDH).
Este es un indicador que trata de mejorar a otros, como el Producto Interior Bruto, que miden la evolución de las economías sin tener en cuenta variables relativas al bienestar y a la calidad de vida. Para ello, y en lugar de registrar solo aspectos puramente monetarios, se basa principalmente en la combinación de tres componentes: la renta per cápita, la educación y la esperanza de vida.
Además, utiliza información desagregada por sexo de los distintos componentes del índice, así como otros indicadores que miden el empoderamiento de género, el avance de la pobreza o la desigualdad de renta en el interior de los países y que son casi más reveladores de por donde va el mundo que el propio IDH.
Lo primero que llama la atención y debería llenarnos de vergüenza es observar las enormes desigualdades de bienestar que hay en el mundo, y que los pasados años de prosperidad no han borrado, ni disminuido. Frente a los 85.382 dólares de los que como media dispone un habitante de Liechtenstein, uno de la República Democrática del Congo, tiene sólo 289. No debería extrañarnos por tanto que las posibilidades de llegar a la vida adulta en el país europeo doblen las del país africano.
España también se encuentra en la fotografía que presenta el Informe y lo hace en un más que decoroso décimo quinto puesto de los casi 200 países que se miden en el informe, manteniendo así el mismo puesto que en el último informe de 2008.
De los tres componentes del índice, España destaca en la esperanza de vida que con una media de 80,7 nos sitúa en el 90 puesto del mundo, mientras que en la renta per cápita, empeoramos, descendiendo al 27 fruto de la disminución de la participación de los salarios en la renta del país. España en cambio mejora en los índices relativos al género. En el de desarrollo de género, que mide la posición relativa de las mujeres respecto a los tres componentes del índice general, ocupa la novena posición. Y en el de empoderamiento de género que tiene que ver con la participación de las mujeres en la vida social y política está en el puesto 12.
La mejora en los índices relativos al género demuestra que unas políticas públicas adecuadas como las que se han llevado a cabo en España en estos últimos años, pueden tener buenos resultados en nuestro posicionamiento en los ranking internacionales sobre desarrollo humano y en el bienestar de nuestra ciudadanía. Por tanto, tenemos que observar con detenimiento otros números que aparecen en el informe y que deben ayudarnos para orientar nuestras políticas públicas en la buena dirección. Así, España aparece como uno de los países del grupo de muy alto índice de desarrollo humano que tiene mayor desigualdad de renta, y que además dedica un porcentaje menor del gasto público a salud y educación, lo que en un contexto de crisis como el actual en el que además de la crisis internacional, hay que sumar en España una crisis de modelo de desarrollo basado en la construcción, el fútbol y las finanzas, nos debe llenar de prudencia a la hora de cantar victoria por el resultado obtenido este año. Puesto que los datos que ahora analizamos corresponden al 2007, es muy posible que en el próximo informe veamos claramente las consecuencias de haber optado por un modelo de desarrollo equivocado, y que ahora, en plena crisis, nos será difícil, aunque no imposible, enmendar.
Vicerrectora de Postgrado de la Olavide

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