A Barak Obama le han dado el Nobel de la Paz, en palabras de la Academia Sueca que lo concede, por “sus esfuerzos extraordinarios por reforzar la diplomacia internacional y la cooperación entre los pueblos” y porque su visión de un mundo sin armas nucleares “ha estimulado el desarme y las negociaciones para el control de armamento”.
Pero esos argumentos omiten que Obama es también el máximo responsable del país que más gasta en armamento, algo que no es precisamente muy pacífico, el líder de las operaciones militares de ocupación de dudosa legitimidad que se están llevando injustamente por delante miles de vidas, el presidente de un país en donde todos los años se aplican cientos de penas de muerte (muchas de ellas después de increíbles errores judiciales) y en cuyas bases militares se tortura, o del que ha apoyado y apoya a docenas de dictaduras y gobiernos que pisotean los derechos humanos.
El Nobel de la Paz que la Academia sueca ha concedido a Obama es inmerecido, máxime si se tiene en cuenta que su candidatura debió presentarse (para cumplir con los requisitos formales) prácticamente al mismo tiempo que tomaba posesión de su cargo. Pero eso no quiere decir que sea desatinado.
Quizá no les falte razón a los que creen que se trata de un Nobel de intenciones, un empuje para que Obama se atreva a hacer lo que más adelante le pudiera hacer merecedor de este premio. El fundador del prestigioso “Le Nouvel Observateur” escribía el otro día, a propósito de la visita de Obama al Cairo para mediar en el conflicto de Oriente Próximo, que “sería precisa nada menos que una movilización de Occidente para ayudar al Presidente estadounidense a llevar a cabo una tarea que él considera una misión”. Y parece que lo que ha hecho la Academia sueca ha sido apuntarse la primera a dicha movilización.
Pero, incluso más que un Nobel de intenciones, yo creo que se trata de un premio a la desesperada. De una estrategia para aumentar la legitimidad de Obama, no tanto de cara al resto del mundo sino en su propio país.
El legado de Bush no sólo se mide por las guerras en las que nos metió y que todavía siguen vivas, o por la crisis que provocó y que ha enviado a millones de personas al paro, la pobreza o la desesperación.
Con el neoconservadurismo de Bush y sus aliados se impuso una cultura del todo vale que ha llevado a una práctica política consistente en justificar todo lo que uno hace y condenar tajantemente lo que hacen los demás.
Es una cultura que lleva a considerar el poder de forma patrimonialista, como estamos viendo que ocurre en la Italia de Berlusconi o descubriendo en España con la trama Gürtel que floreció durante el aznarismo. Y que, cuando se ha perdido el poder, lleva a hacer una oposición dura e irresponsable como hace la derecha de nuestro país, o como hicieron en Italia y en otros países y ahora en Estados Unidos. Las noticias que llegan desde allí sobre la oposición de los neoconservadores a Obama son una nueva expresión de este verdadero totalitarismo que está debilitando muy gravemente a las democracias en donde se produce. No tratan de fortalecer proyectos alternativos que tienen todo el derecho a salir adelante sino a sabotear constantemente lo que propone el adversario porque se le considera un advenedizo sin derecho a ocupar el espacio de decisión que se reputa exclusivo de los de siempre.
Querría no saber Historia para no observar demasiadas semejanzas entre estos fenómenos actuales con lo que ocurrió en los años treinta y que trajo consigo los desastres que todos conocemos perfectamente.

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