Publicado el 10 de Noviembre de 2009.
En 1990, unos meses después de la caída del muro, tuve la suerte de visitar Berlín, entonces todavía ciudad dual, y de brindar con mis amigos berlineses por el fin de aquella tragedia y de aquella vergüenza. Aquella euforia fue intensa pero ahora, con perspectiva, podemos decir que aquel ni fue el último ni el más sangrante de los muros.
Se siguen alzando otros muchos, de los que se habla menos.
Algunos de ellos reflejan problemas de vecindad que no sentimos como asunto nuestro como el que separa las dos coreas, a los turcochipriotas de los grecochipriotas, a Marruecos del Sáhara Occidental, o a la India con Pakistán, y con Bangladesh, o a Tailandia con Malasia.
Otros, la mayoría, tienen que ver con las diferencias económicas o identitarias que se establecen a ambas partes de la frontera que levantan. El control de la inmigración ilegal es la principal justificación del muro que se construye EEUU en su frontera con México, o de las alambradas que España tiene con Marruecos en las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla, o las que se han construido en el sultanato de Brunei, o entre Botwana y Zimbabue.
Los hay para proteger reservas de petróleo como en Arabia Saudí, o simplemente para mantener alejados y controlados a los pobres como los que separan las favelas de Río de Janeiro de los barrios ricos.
También los ha habido y los hay identitarios como los que se alzaban en el Ulster para separar a las comunidades católicas de las protestantes, o los que ahora el ejército estadounidense construye en Bagdad para separar a los suníes de los chiíes, aunque quizá termine siendo también un muro que separe cada vez a Irak de la democracia que la ilegal ocupación estadounidense nos hizo creer que pretendía llevar allí.
Y quizá el más sangrante de todos ellos es el que Israel construye en Cisjordania. Sangrante y brutal porque no tiene solo un matiz defensivo, equivocado o no, sino que se utiliza como un instrumento de dominación y expulsión de los palestinos de Cisjordania, avanzando con impunidad en la apropiación ilegal de territorio palestino que viene realizando Israel. Cuando esté terminado, el 10% del territorio cisjordano quedará en el lado israelí con el fin de incluir asentamientos israelíes y separar ese territorio del resto de Cisjordania. Con una extensión descomunal de 750 km el muro aísla entre sí a comunidades y familias palestinas e incluso separa a los campesinos de sus tierras, de sus escuelas, trabajos, etc…
Merece la pena visitar en Berlín el museo sobre el muro donde se pueden ver todas las argucias que idearon los alemanes del Este para escapar al oeste y sortear aquella barrera. Merece la pena para comprobar que los muros se seguirán saltando porque los muros no resuelven los problemas. Solo son auténticas bombas de relojería para quienes lo sufren directamente y para todo el mundo por extensión. No nos engañemos: no fue suficiente con acabar con el de Berlín. Hay que echar abajo todos los demás muros que trazan las fronteras que para nuestra vergüenza rasgan la piel de nuestro planeta.

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