El cambio de hora al que nos obliga la convención europea suele coincidir en Sevilla con la tardía llegada del otoño, lo que refuerza mi depresiva percepción de que los días se hacen cada vez más cortos. Una depresión de magnitud inversamente proporcional a la alegría que siento al recuperar las largas tardes primaverales cuando vuelve a cambiarse el horario. Aunque su origen es anterior, el actual cambio horario es herencia del ahorro energético al que obligó la crisis de los años setenta en la que el precio del petróleo se disparó, pero nadie parece estar muy seguro que este robo de energía vital siga siendo necesario y eficiente.
El tejido productivo europeo ha cambiado mucho desde entonces y los expertos calculan que el ahorro energético que se consigue con la medida no supera el 0,4%. Un ahorro insignificante y quizá injustificado, sobre todo, si se tiene en cuenta que hay quien señala que la pérdida de productividad por motivos psicológicos podría ocasionar costes mucho más elevados.
Se trata de un cambio de horario que muestra una vez más que hay muy poco de natural en la medida del tiempo. Las medidas o parámetros que usamos para medirlo son resultados de convenciones para dotarnos de cierto orden y homogeneidad que facilite el intercambio y la convivencia entre sociedades pero no son siempre los más adecuados y la prueba es que, aunque no solemos ser conscientes de ello, en el planeta hay una gran variedad de referencias y medidas temporales. Así, nuestro calendario solar que fue fijado en primera instancia por los egipcios hacia el 4200 a.C., y que se convirtió en un año de 365 días en un acuerdo científico religioso en el año 238 a. C., se distingue del lunar que por ejemplo siguen el Islam o China y que consta de doce meses lunares con 354 días. Pero hay muchos más: unos cuarenta en todo el mundo.
Por eso tiendo a creer que el cambio de horario que seguimos en Europa es una convención más sin mucha justificación. Es más, en un contexto de crisis como el actual, tan distinto del de los años setenta y donde las mejoras en productividad y la motivación de los trabajadores son esenciales para salir de la crisis con un cambio de modelo productivo, quizá habría que repensar su conveniencia.
Además, con tardes tan cortas, lo que conseguimos es que adultos y niños lleguen antes a casa para idiotizarse aún más con una televisión que se ha convertido en el nuevo opio del pueblo. Justo lo que no necesitamos ahora que la crisis económica y las salidas a la crisis que se nos están imponiendo suponen un duro golpe a la democracia participativa y a la urgencia de dotarnos de una ciudadanía responsable y comprometida con el gobierno de lo público.
Desde hace meses, se toman decisiones que no sólo escapan del control de la ciudadanía, sino de los gobiernos elegidos democráticamente. Y mientras, en lugar de fomentar el debate y el encuentro social se fomenta la soledad y el enganche a una pantalla en donde los record de audiencia corresponden a los eventos deportivos, que han conseguido, por cierto, incluso cambiar el horario del telediario, y los llamados programas del corazón en donde triunfa lo banal y zafio.

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