¿Para qué ha servido la reunión del G20 de este fin de semana en Toronto? A bote pronto podemos enumerar varias cuestiones: para que el gobierno anfitrión de Canadá se gaste mil millones de euros en mitad de una crisis que empobrece cada día a miles de ciudadanos; para detener a casi 500 personas, la práctica totalidad de los cuales se manifestaban pacíficamente; para que Merkel le restregara a Cameron el cuatro a uno de Alemania frente a Inglaterra en el mundial de Suráfrica; e incluso para que Berlusconi apareciera con una nueva acompañante rubia que tras la curiosidad de la prensa italiana resultó ser una secretaria sustituta.
Pero no ha servido para concretar ni uno solo de los compromisos de cumbres anteriores, ni para proporcionar respuestas a los nuevos problemas económicos internacionales que han aparecido precisamente como consecuencia de la indecisión y de las erróneas políticas que vienen adoptando los líderes del mundo.
Las promesas realizadas en las cumbres anteriores para avanzar hacia un sistema de gobernanza global que atacase el punto central del origen de la crisis a través del control de las finanzas internacionales, la libre circulación de capitales especulativos, o la utilización de paraísos fiscales, entre otras, ni siquiera se ha recordado en Toronto.
De esta cumbre hemos salido con una respuesta a la carta de las necesidades de cada país pero sin consensuar una tasa a las finanzas internacionales y por tanto, sin acotar el poder de los lobbies financieros internacionales. Así las cosas, y predominando las políticas de austeridad, lo más probable es que vayamos hacia una nueva crisis global o hacia un largo periodo de depresión económica.
Es verdaderamente sorprendente que los dirigentes mundiales no saquen lección alguna de la historia, de los planes de austeridad de Hoover que convirtieron el crack del 29 en la crisis de los años 30, o de las recetas de austeridad que el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial impusieron en las últimas décadas a varios países latinoamericanos y asiáticos y que no solo no supusieron un estímulo al crecimiento, sino su debilitamiento durante más de una década aunque sí la salvaguarda de los grandes intereses financieros.
En cualquier caso, era de ilusos pensar que de Toronto saliera algo positivo. Estamos frente a una crisis estructural y no solo financiera, sino también de la política y de las democracias. Los líderes del G20 que deberían tomar decisiones para controlar a los poderes financieros que hunden las economías son en realidad sus esclavos. El poder financiero y sus tentáculos les financian las campañas políticas, les indican las políticas a seguir y tienen el poder suficiente para manipular y convencer a la opinión pública y al electorado. Solo considerando este enorme poder se entiende la sumisión de la ciudadanía europea ante unas medidas que solo llevan al empobrecimiento de las clases trabajadoras, a la mutilación de la Europa social, a la disminución del bienestar… con el único fin de que los bancos tengan plenas garantías de cobrar sus deudas, de obtener más beneficios y de seguir imponiendo sus condiciones al resto de la sociedad.

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