En la madrugada del lunes, mientras muchos rocieros trasnochaban o madrugaban para vivir la salida de la Virgen del Rocío, otros lo hacíamos sintonizando la cadena de televisión Fox para ver al mismo tiempo que en Estados Unidos el final de la serie “Perdidos”. Después de años de enganche, nos hemos enterado que todos los personajes de la serie están en realidad muertos, y que posiblemente toda la trama se haya desarrollado en la cabeza de uno de los protagonistas mientras agonizaba tras estrellarse el vuelo 815 de Oceanic.

La verdad es que, a pesar de estas confidencias, no creo que le estropee el final a nadie que no haya madrugado ya que por mucho que se sepa cual es la trama, lo interesante de esta serie siempre ha sido saber cómo los guionistas han ido resolviendo los distintos líos en los que caían los personajes y, sobre todo, la propia trama, cargada de idas hacia adelante y hacia atrás, de vidas paralelas y un ir y venir de personajes supuestamente vivos o muertos.

Es cierto que a lo largo de seis temporadas han quedado muchas cosas sin resolver, como la lógica de los números o la existencia de un oso polar en plena selva tropical. Pero también es cierto, que mal que bien se han ido dando soluciones a los problemas y a los enigmas.

Por eso que creo que puede que necesitemos contratar a los guionistas de Perdidos para que nos saquen con imaginación del atolladero en el que un sistema financiero avaricioso y sin control político nos ha metido.
Quizá solo así resulte que al final, y no solo en la película sino también aquí, ganan los buenos. Porque de momento, el humo negro de los intereses financieros sin control y la especulación campa a sus anchas por el mundo, imponiendo sus reglas de juego, sometiendo a los estados elegidos democráticamente y haciendo pagar a los que menos tienen, mientras otros se enriquecen a costa de la miseria ajena y del deterioro de lo público.

En otras ocasiones han tenido que suceder guerras mundiales que han costado muchas vidas y marcado a generaciones enteras para que la ciudadanía y los gobiernos se empoderasen lo necesario pudiendo establecer reglas capaces de asegurar suficiente estabilidad y un reparto más equitativo de la riqueza.
Esperemos que ahora baste con que la ciudadanía exija a sus gobernantes que impongan reglas de juego que beneficien a una mayoría y no privilegien a una minoría. Pero para eso tendría que haber una movilización planetaria que no parece estar en la agenda de muchos. Algunos porque el hambre, el analfabetismo o las deudas los paralizan y otros porque aún creen que no les tocará y que la política no va con ellos. Estos últimos son los que Bertold Brecht llamaba los analfabetos políticos: “…el analfabeto político. No oye, no habla, no participa de los acontecimientos políticos. No sabe que el costo de la vida, el precio de los frijoles, del pan, de la harina, del vestido, del zapato y de los remedios, dependen de decisiones políticas. El analfabeto político es tan burro que se enorgullece y ensancha el pecho diciendo que odia la política. No sabe que de su ignorancia política nace la prostituta, el menor abandonado y el peor de todos los bandidos que es el político corrupto, mequetrefe y lacayo de las empresas nacionales y multinacionales”.

 

 

Artículo publicado en elcorreoweb.es