He leído que a los escaños que ocupan los ex ministros de Zapatero le llaman el Valle de los caídos, o el club de los ex. Un enclave que pareciera un privilegiado reposo eterno pero que parece más vacío cada día porque son ya muchos los ex que han abandonado su escaño. Jordi Sevilla, César Antonio Molina y Pedro Solbes lo han abandonado recientemente y otros como Mercedes Cabrera, Mariano Fernández Bermejo o Bernat Soria se espera que lo hagan en breve.

Un fenómeno, por cierto, que también ha ocurrido en el Partido Popular, de cuyas filas parlamentarias también han desaparecido notables ex ministros y que por eso me da que pensar por diversos motivos.

Por un lado, sorprende que se suelan producir por racimos, como las migrañas que dicen que son más dolorosas. Es extraño porque cabría pensar que cada cese se basa en sentimientos y actitudes personales muy dispares de una a otra persona y, por tanto, difícilmente coincidentes en el tiempo. Aunque la extrañeza quizá se desvanece por completo si se indaga el régimen de protección social que los diputados se han concedido a sí mismos. Entonces podría comprobarse que la pérdida de las vocaciones parlamentarias casualmente se produce coincidiendo con el cumplimiento de los plazos necesarios para cobrar las pensiones o indemnizaciones. No se trataría, pues, de un ataque súbito de descreimiento sino, generalmente, de la espera buscada para no perder tan generosos beneficios sociales. Es lícito, de eso no cabe duda, pero no deja de ser tan materialista que una siente que algo se le revuelve por dentro cuando piensa en eso.

Ya al margen de cuestiones personales, choca también que los líderes se desprendan tan fácilmente de personas que han acumulado tanta experiencia en el gobierno. Lo lógico quizá sería que los partidos se aprovecharan de ellos pero ahora parece ocurrir lo contrario, los usan como a los pañuelos de papel. A medida que Zapatero ha ido consolidando más poder se ha ido quitando de en medio a muchos de quienes lo fueron aupando inicialmente, exilando a antiguos y magníficos colaborares y dejando en la cuneta a otros, como recordaba hace poco el profesor Peces Barba. Entre ellos están algunos de los que ahora cesan de diputados e incluso abandonan la política institucional.

No hay que ser adivina para aventurar que eso debe tener algo que ver con el ostracismo al que seguramente se hayan visto condenados y no solo con el deseo de iniciar nuevas aventuras profesionales o personales. Algo que no es bueno, y no sólo en el caso de estos ex ministros ahora cesantes. Quizá si nuestra democracia fuese menos partitocrática y más deliberante las personas que participan en la vida política institucional podrían tener protagonismo no solo en función de su sintonía particular con el todopoderoso líder del momento sino gracias a su mayor empatía con el electorado y en virtud de su mejor condición como gobernantes o representantes del pueblo. Esto no ocurre aquí, en donde quien manda, manda y el que se mueve, como decía Guerra, no sale en la foto.

Aunque, por otro lado, también resulta raro y poco ejemplar para los ciudadanos de a pie que estas personas que han tenido una posición tan relevante se vayan de pronto, sin dar explicaciones plausibles o creíbles, abandonando el barco en los peores momentos y dando pie a que se hagan cábalas que no hacen sino perjudicar al partido al que en realidad le deben todo lo que han sido en política. Una prueba adicional de que a nuestra democracia, además de participación, transparencia y debate social le falta también elegancia y respeto.  

 

Artículo publicado en elcorreoweb.es