La mayor parte de los años que ha gobernado Manuel Chaves en Andalucía, los he pasado lejos de aquí. El mismo año que Chaves ganaba sus primeras elecciones, yo me fui de una Andalucía que no me ofrecía lo que yo buscaba. Aunque seguí volviendo esporádicamente, y siempre por primavera, no me volví a instalar aquí hasta 2005.
Andalucía sigue exportando capital humano, además, un capital humano cada vez más formado porque las empresas andaluzas no invierten suficientemente en innovación y los puestos de trabajo que se crean son de menor cualificación de la que tienen nuestros jóvenes. La televisión andaluza sigue mostrando una Andalucía de pandereta y por tanto, sin contribuir a generar en la medida necesaria elementos identitarios modernos y dinámicos. Nuestras costas se han llenado de cemento siguiendo un modelo de crecimiento insostenible y que ha dañado quizá para siempre el patrimonio natural de nuestra tierra… y, a pesar del cambio palpable que ha vivido Andalucía en estos últimos años, seguimos a la cola de España en muchos indicadores socio-económicos, como si fuéramos víctimas de una herencia histórica con la que no podemos romper. Un cambio tan importante e indiscutible, y con hipotecas históricas tan pesadas, es lo que hace que la etapa de gobierno de Manuel Chaves merezca el respeto y el reconocimiento de todos los andaluces y andaluzas. Pero problemas como los señalados y las inercias que todavía impiden nuestro definitivo despegue son los que reclaman de modo ineludible una aceleración en el proceso de cambio e incluso una alteración sustancial de rumbo, un empujón que nos permita dar el salto definitivo, que aún no hemos dado, para converger con otras autonomías y con las regiones europeas de mayor bienestar, respetando nuestra diversidad e idiosincrasia.
En consecuencia, creo que el que con toda seguridad parece que será el futuro presidente de

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