Las páginas de los periódicos se llenan estas últimas semanas de fotos y retazos biográficos de los jóvenes que supuestamente participaron en el asesinato de Marta del Castillo.
Desgraciadamente, la banalidad y falta de reflexión profunda con que se aborda este asunto, como tantos otros de los que se hacen cuestiones triviales en los debates del corazón, oculta los hechos más importantes que hay detrás de desgracias como esa. Constantemente se personaliza y se tiende a presentar los hechos como el resultado de actuaciones individuales
perversas. Y es cierto que es así en una gran parte pero eso no puede ocultar el caldo de cultivo que estamos creando entre todos para que la violencia y la perturbación aparezcan de modo tan dramático en nuestra sociedad.
En 2007, el 31% de los jóvenes españoles de entre dieciocho y veinticuatro años no había completado Bachillerato ni FP, ni tampoco seguía ningún tipo de educación o formación, en tanto que la media de
Es cierto que desde los años ochenta del siglo pasado los gobiernos españoles han realizado grandes esfuerzos para compensar el retraso histórico que en inversión educativa arrastrábamos del franquismo. La herencia franquista no sólo afectó a las cohortes de españoles que no tuvieron acceso a la educación secundaria, o siquiera primaria, como fue el caso de muchas mujeres, sino que condenó también a las generaciones futuras, ya que padres con menos educación tienen menos recursos y tienden a ser menos cuidadosos con la educación y formación de sus hijos. Pero el esfuerzo, aunque grande, no ha sido suficiente. Se necesitan más recursos y más atención al problema educativo. Tenemos la obligación de llevar al debate público el desastre del fracaso escolar tan elevado que sufrimos, los problemas de un sistema educativo que no logra integrar a todos los grupos sociales, y la falta de valores sociales suficientemente asentados para premiar e incentivar por encima de cualquier otra cosa el esfuerzo y el conocimiento.
Debemos exigir a los poderes públicos que no cesen en la lucha por atajar ese problema porque si dejamos a más de un tercio de nuestros jóvenes fuera del sistema educativo y la formación, difícilmente podremos tener una economía competitiva basada en conocimiento que reaccione bien frente a las crisis, ni una democracia sana, basada en la buena información de independencia de criterio de sus ciudadanos y ciudadanas. Se trata de un lastre radical, una falla que no puede llevar sino al progresivo deterioro del equilibrio e incluso de la convivencia social.
Y todo ello no puede ser obra de un solo partido sometido a los ataques de la oposición. Es necesario, y ya urgente, un gran pacto de Estado para garantizar la formación de todos los ciudadanos y ciudadanas sin distinción. No se trata de exagerar, es que realmente estamos en un camino que lleva al desastre.

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