Cuando se acaban de acallar las cornetas y tambores de la Semana Santa, vuelven a resonar las trompetas de la trama gürtel. Hoy, a media noche cual si de una película de misterio se tratase, y al cumplirse aproximadamente un año del proceso judicial del caso Gürtel, se levanta el secreto de sumario por parte del juez instructor del caso.
Por lo que se ha ido filtrando hasta ahora, la trama no es solo un red corrupta de enormes dimensiones por las que diversas personalidades del PP y vinculadas a este partido se han enriquecido presuntamente de manera ilícita, sino que se está desvelando como un entramado dedicado a la financiación ilegal del PP, al menos en las comunidades de Valencia, Madrid, Baleares y Galicia.

Si a eso sumamos otros presuntos casos de corrupción dentro del Partido Popular como el del ex presidente balear Jaume Matas, nos encontramos frente a un partido vapuleado por los escándalos de corrupción.

Sin embargo, los sondeos parciales que van apareciendo cada semana en algunos medios de comunicación sobre la intención de voto en varias comunidades autónomas, no muestran un desgaste electoral del PP. Así, este domingo nos desayunábamos la pascua con el resultado de que el PP valenciano de Camps –y también de Costa o Fabra-, aumenta su ventaja en la intención de voto.

A la pregunta de por qué no hay desgaste se me ocurren varias respuestas.
Por un lado, la militancia en las creencias más que en las ideas. La mayor parte de la ciudadanía española vota, es o deja de ser de un partido de manera visceral, y no como fruto de la reflexión informada.

Por otro lado, el partidismo y la tendenciosidad de muchos medios de comunicación da lugar a que, dependiendo de qué cosas, muchas personas estén desinformadas o mal informadas. Los votantes del PP difícilmente abren un periódico cuya línea editorial se escore hacia la izquierda, o escuchan una radio o televisión que consideren en manos del enemigo político. De esa manera, tienen la información que quieren oír, que más o menos viene a decir que los episodios de corrupción generalizados del PP son una maniobra de la izquierda para perpetuarse en un poder que nunca les correspondió ostentar.

Igualmente, la actuación de los jueces no ayuda a la ciudadanía a dirimir la línea entre lo legal y lo moralmente ético. Los juzgados están poblados de jueces que no tienen ningún empacho en proclamar su amistad con encausados como ocurrió con Camps en el Tribunal Superior de la Comunitat Valenciana ayudando a derrumbar la ya poca credibilidad que tiene la justicia.
Para acabar con la corrupción es necesaria mucha más educación cívica y para ello es preciso un pacto de estado en educación que mejore nuestro sistema educativo para que seamos capaces de crear un tipo de ciudadanía más consciente y crítica con la realidad que nos rodea, una ciudadanía que garantice la continuidad y la mejora de nuestra democracia. Claro que mientras se educan y se convierten en votantes esos ciudadanos y ciudadanas, hacen falta castigos ejemplares y ejemplarizantes, así que de momento podemos comenzar por exigir a los partidos políticos mucha mayor contundencia contra todas sus manifestaciones, y al gobierno, que acometa de una vez una transición en la judicatura tal y como se hizo con los militares en la transición de la dictadura a la democracia.

 

Artículo publicado en elcorreoweb.es