Los periódicos de medio mundo hablan de la situación de la economía española como si se encontrara al borde de la catástrofe. Es verdad que, a poco que se conozca como funcionan los mercados, es fácil adivinar que así solo se beneficia a quienes están especulando contra el euro. Pero tampoco se puede creer que se trata tan solo de una mano negra contra los intereses españoles. El modelo productivo que el PP y el PSOE apoyaron en los últimos años está haciendo aguas y sus efectos nos ponen en una situación difícil, lo digan o no los periódicos extranjeros.
Es cierto que el gobierno que no acierta tanto como sería de desear, no acertó negando la crisis, bien por ceguera ideológica de los asesores liberales de Zapatero, bien porque de esa forma se quiso evitar cualquier amago de catastrofismo. Y cuando por fin la reconoció ya había tomado medidas que eran inadecuadas en tiempos de recesión. La consecuencia es que la ciudadanía desconfía del gobierno porque no encuentra en él ni certezas, ni liderazgo, ni proyecto.
Pero sería ingenuo, o cínico, echar todas las culpas al gobierno. Hay que reconocer que debe ser muy difícil gobernar bien una nave cuando dentro de ella no se siembran sino trampas y sabotajes.
La oposición también tiene buena culpa de lo que está pasando. Primero, porque cuando gobernó el PP se tomaron medidas que hicieron que luego la crisis haya sido más aguda. Y segundo, porque no parece muy sensato que la oposición se dedique solamente a destruir sin tener ni asumir otro proyecto que no sea el de hacerse de nuevo con el poder. El todo vale con tal de debilitar al gobierno nos debilita ahora a todos y por eso resulta patético que incluso se critiquen las medidas que se encuentran en sintonía con su onda ideológica o que son prácticamente idénticas a las que tomaron cuando gobernaron.
Tampoco es muy constructiva la labor de la patronal, que en lugar de dedicarse a crear condiciones que mejor favorezcan la creación de empleo y riqueza parece un apéndice de la oposición política. Que esté encabezada por un empresario que no paga las contribuciones a
Los sindicatos, por su parte, tampoco están dando el do de pecho en esta coyuntura, quizá porque todavía dependen demasiado del dinero del ejecutivo y así es muy difícil representar un papel de mayor autenticidad en las relaciones laborales.
En estas condiciones, a nadie le puede extrañar que “los mercados”, esa denominación aparentemente abstracta pero que en realidad tienen nombres y apellidos, presionen continuamente al gobierno, como pasó en Davos, para lograr en los pasillos lo que no se puede ganar en las elecciones.
En un momento como el actual, sería más necesario que nunca un liderazgo firme, la colaboración leal de la oposición desde su legítima disidencia, unos partidos preocupados más por el interés nacional que por mantenerse o alcanzar el poder y, sobre todo, mucho mayor debate social. Lo grave es que son cada vez más las personas que tienden a pensar que eso no se puede encontrar ya en el actual marco político, que se desaniman y dan la espalda a los asuntos públicos. Y así es como comenzaron los peores momentos de la historia europea e incluso de la nuestra.

Publicaciones
