Cuando se desatan lluvias torrenciales, terremotos, tsunamis, erupciones volcánicas y cualquiera otro de esos latigazos del planeta que provocan daños y muertes hablamos de desastres o catástrofes naturales. Como ahora en Haití, culpamos a la naturaleza del horror y del sufrimiento y tendemos a pensar que esos inocentes son víctimas de un destino fatal e inevitable que nos depara la virulenta Madre Tierra. ¡Cómo nos engañamos!
¿Tan difícil es percibir la realidad tozuda que nos muestra que detrás de todo ello está el empobrecimiento y la mano saqueadora de los propios seres humanos?
Las riadas siempre se llevan por delante los barrios pobres, las casas que se caen en los terremotos son las que están hechas con los peores materiales y sin los sistemas de seguridad inventados ya hace años para que los edificios se muevan como juncos cuando la tierra tiembla y así consigan quedarse en pie. Vuelvan a ver las imágenes del terremoto de Kobe en Japón, ocurrido hace quince años y de la misma magnitud que el de hace dos semanas en Haití, y comparen sus efectos.
Las estadísticas son muy claras al respecto. Hay una correlación altísima entre el número de víctimas por catástrofes naturales y la pobreza de los países, tal y como puso de manifiesto Mathiew Kahn, profesor de
Según sus cálculos, doblar el PIB de un país disminuye el número de víctimas de un terremoto en un 28%. Pero además de la pobreza, también cuentan la escasa educación y la mala calidad de los gobiernos.
Basta con mirar a Cuba, que es un país pobre monetariamente pero rico en educación y con un sector público fuerte, para observar que los mismos tifones dejan siempre muchos menos muertos allí que en otros países caribeños.
Las víctimas inocentes que ahora nos conmueven no son, pues, solamente las víctimas de un desastre natural. La inmensa mayoría de sus muertes podía haberse evitado si previamente no hubiéramos permitido el expolio ya centenario de Haití, el dominio colonial, las invasiones, las dictaduras asesinas establecidas gracias a la connivencia de los privilegiados locales y las grandes potencias que han provocado su continuado empobrecimiento.
Por Haití pasa el 40% de la droga que se consume en Estados Unidos, y allí operan las mafias que trafican con niños esclavos y prostitución y que posiblemente blanquean su dinero gracias a nuestros bancos y en los mismos paraísos fiscales que nuestras élites.
Por muy naturales que sean, la auténtica raíz del daño que provocan los desastres está en la desigualdad y en la explotación. Lo que ocurre es que normalmente miramos para otra parte sin darnos cuenta de que, al hacerlo, nos convertimos en auténticos cómplices del genocidio consentido que se extiende por nuestro mundo. No hay que olvidarse de Haití cuando el despliegue mediático se retire hacia otras noticias.

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